La
Guerra Civil en Euskal Herria
EL FRENTE DEL NORTE
“La cuestión de la propiedad determinó la conducta militar del gobierno
regional vasco. Esto se vio ya a mediados de septiembre de 1936, cuando los
fascistas avanzaron sobre Donostia. Antes de que el ataque fuera completado, Donostia
se rindió.”
“los capitalistas vascos eran los dueños de la región bizkaitarra. Debido a
que había estado bajo la influencia inglesa durante un siglo, no tenía ningún
entusiasmo por unirse a Franco y a sus aliados italo-germanos. Sin embargo, la
burguesía vasca no tenía tampoco ninguna intención de luchar hasta la muerte
contra Franco. Gracias al apoyo de los partidos Socialista y Comunista, los
capitalistas vascos no habían sufrido la toma de sus fábricas por los obreros
después del 19 de julio. Pero no tenían la garantía de que la victoria republicana
no fuera seguida por una toma de las fábricas.”
“La burguesía vasca, simplemente, no tenía una razón básica para luchar
contra el fascismo. Si la lucha exigía sacrificios serios, ellos estaban listos
para retirarse.”
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Euskadiko Partidu Komunista mentxebike-stalinisten esku erori zen: "Partido Comunista de Euskadi - Comité regional de Guipúzcoa"
Abertzaleek eta frontepopulistek EHko hiriak frankisten esku utzi zituzten langileriak Francok baino beldur gehiago eragiten zielako |
Bilbo*, y las ciudades industriales y
mineras del hierro y el carbón que la rodeaban, constituía una zona industrial
concentrada solamente inferior a Cataluña, que tuvo que construir sus plantas
metalúrgicas de la nada cuando empezó la guerra civil. Bilbo debería haber
llegado a ser el mayor centro de municiones de España. Desde esta base
material, los ejércitos del Norte deberían haber sido dirigidos puntualmente al
Sur, hacia Burgos, y al Este, contra Nafarroa, para unirse a las tropas del
frente de Aragón. La estrategia dictada era del tipo más elemental.
Sin embargo, los capitalistas vascos eran
los dueños de la región bizkaitarra. Debido a que había estado bajo la
influencia inglesa durante un siglo, no tenía ningún entusiasmo por unirse a
Franco y a sus aliados italo-germanos. Sin embargo, la burguesía vasca no tenía
tampoco ninguna intención de luchar hasta la muerte contra Franco. Gracias al
apoyo de los partidos Socialista y Comunista, los capitalistas vascos no habían
sufrido la toma de sus fábricas por los obreros después del 19 de julio. Pero
no tenían la garantía de que la victoria republicana no fuera seguida por una
toma de las fábricas.
La cuestión de la propiedad determinó la
conducta militar del gobierno regional vasco. Esto se vio ya a mediados de
septiembre de 1936, cuando los fascistas avanzaron sobre Donostia. Antes de que
el ataque fuera completado, Donostia se rindió.
Antes de la retirada de la burguesía
vasca, echaron de la ciudad a las milicias de la CNT que querían destruir el
equipo de las fábricas y otros materiales útiles, para impedir que cayeran en
las manos de los fascistas. Como precaución posterior, 50 guardias armados
vascos fueron dejados atrás para proteger los edificios. Así, pues, la ciudad
fue entregada a Franco intacta. La burguesía razonaba; si la propiedad se
destruye, es para siempre; pero si hacemos eventualmente la paz con Franco,
puede que él nos devuelva nuestra propiedad.
Cuando esto pasó, yo escribía, el 22 de
septiembre de 1936: “El frente del Norte ha sido traicionado.” Los ministros
anarquistas han revelado después que ésta era la opinión del Gabinete de Largo
Caballero. Lo que retrasó la realización completa de la traición por seis
meses, sin embargo, fue la estupidez de los oficiales de Franco que tomaron Donostia.
Los 50 guardias dejados atrás para proteger los edificios fueron asesinados,
los propietarios burgueses que se quedaron atrás para hacer la paz con Franco
fueron encarcelados y algunos ejecutados y los habitantes aterrorizados. El
frente vasco se endureció por algún tiempo.
En diciembre, sin embargo, el gobierno
vasco estaba intentando de nuevo un armisticio. En un momento en que Madrid
todavía rechazaba cualquier negociación, para intercambiar prisioneros, los
vascos negociaban este acuerdo:
“El hecho de que el grupo vasco estaba
negociando en Donostia se hizo público sólo ayer. El escritor sabía, sin
embargo, que la delegación había dejado Bilbo hacía más de una semana... se
dirigió a Barcelona, pero su misión allí terminó insatisfactoriamente. Los
delegados vascos expresaron su decepción con el estado de cosas en la capital
catalana... y se cree que también se ofendieron por la actitud de los catalanes
contra la Iglesia.
En cualquier caso, el resultado ha sido
que han decidido sondear a los dirigentes de Donostia con la esperanza de
llegar a alguna clase de compromiso y quizá ultimar una tregua.
Se sabe que durante el último mes o dos el
frente del Norte ha estado quieto con bastante confraternización con los de uno
y otro lado” (Hendaia, despacho fronterizo. New York Times, 17 de
diciembre de 1937).
Cualquier duda sobre la autenticidad de
esta información fue disipada el mismo día por “Augur”, la voz oficiosa del
British Foreign Office:
“Los británicos han estado trabajando para
promover armisticios locales entre los rebeldes y los leales. La oferta del gobierno
regional vasco en Bilbo de llegar a una tregua en Navidad fue debida
directamente a la discreta intervención de los agentes británicos que esperan
que esto pueda llevar a una suspensión completa de las hostilidades.
Los franceses —añadía “Augur”— están
ejerciendo similar influencia en Barcelona, donde su éxito no es tan señalado porque
los deseos del president Companys de terminar con el derramamiento de sangre
han sido espantados por comunistas y anarquistas” (New York Times, 17 de
diciembre de 1936).
Nada de esto, desde luego, aparecía en la
prensa republicana, donde la censura estaba ahora en pleno ejercicio. Tales
informes circunstanciales, particularmente uno que llevaba el nombre de
“Augur”, y que apareció en periódicos de la categoría del New York Times y
el Times de Londres, requerían por lo menos una negativa formal, y se
hubiese podido negar.
Pero ni el gobierno ni la prensa stalinista,
sin embargo, se atrevieron a negar los hechos: porque eran ciertos.
La burguesía vasca, simplemente, no tenía
una razón básica para luchar contra el fascismo. Si la lucha exigía sacrificios
serios, ellos estaban listos para retirarse. Uno de los factores que les dio
tregua, sin embargo, fue el crecimiento del movimiento CNT en la región vasca.
Aquí los estalinistas y socialistas de derechas, sentados en el Gobierno regional
con la burguesía (la CNT había sido dejada atrás cuando la Junta de Defensa dio
paso al gobierno), facilitaron la traición. Con el pretexto más ínfimo
imaginable —el gobierno vasco invitó a las milicias de la CNT a unirse a la
celebración de la Semana Santa y el Comité Regional de la CNT y la prensa
denunciaron indignados al ceremonial religioso—, el Comité Regional completo y
la plantilla editorial de CNT del Norte fueron encarcelados el 26 de
marzo, y las imprentas entregadas a los estalinistas. La persecución sistemática
de la CNT a partir de este momento fue el camino para pasarse al lado de Franco.
El gobierno republicano era consciente del
peligro, consciente de la negativa de Bilbo a transformar sus plantas para los
fines de abastecimientos de armas, conscientes de la criminal inactividad del
frente vasco, que permitió a Mola mover sus tropas hacia el Sur para unirse al
sitio de Madrid. ¿Por que no hizo nada el gobierno? Desde luego, el Gabinete mandó
numerosos emisarios a Bilbo, halagaron a los vascos, hicieron lo que pudieron
por complacerlos; envió generales a colaborar con los dirigentes vascos —Llano
de la Encomienda, que hacía muy poco tiempo que había sido puesto en libertad
después de ser juzgado por una corte marcial de Barcelona acusado de
complicidad en el levantamiento, ¡llegó a ser comandante en jefe del Norte!—,
pero estas medidas, naturalmente, no llevaron a nada.
Había sólo una manera de salvar el
frente del Norte: enfrentando a la burguesía vasca con un poderoso frente unido
de las fuerzas proletarias de la región, listo para tomar el poder si la burguesía
vacilaba, y preparándose para ello con una crítica ideológica de los
capitalistas vascos. Esta manera, sin embargo, era extraña a este gobierno que
temía, sobre todo, el levantamiento de las masas por la iniciativa política.
Pero había un sector del frente del Norte
que estaba activo, Asturias. Hemos visto cómo a las 48 horas de conocer el
levantamiento, 5.000 mineros asturianos llegaban a Madrid. En unas pocas
semanas habían barrido a los fascistas, excepto en la bien fortificada Oviedo,
que había sido la sede de una fuerte guarnición pretoriana desde el aplastamiento
de la comuna asturiana en octubre de 1934. Todo minero en Asturias hubiera dado
su vida por tomar Oviedo. Armados con unos pocos rifles y bombas de dinamita
cruda, los mineros sitiaron pronto Oviedo, tomando pronto los suburbios. La caída
de Oviedo les hubiera dejado el camino libre para una ofensiva contra Castilla
la Vieja. Portavoces asturianos clamaban en València por unos pocos aviones y
la artillería necesaria para derribar las defensas de Oviedo. Se les envió de
vuelta con las manos vacías.
¿Cuál era su crimen? Los obreros
asturianos abolieron la propiedad privada de la tierra y colectivizaron la
vivienda y la industria. El fuerte movimiento CNT, mano a mano con la UGT —aquí
de tendencia revolucionaria, como se demostró en su órgano Avance, bajo
la dirección editorial de Javier Bueno—, controlaban exclusivamente la
producción y el consumo. Se sabía que intentaban, cuando Oviedo fuera suyo,
proclamar aquí de nuevo, como en 1934, la comuna asturiana... El gobierno les
invitó a derramar su sangre en cualquier parte excepto por la comuna. Decenas
de miles de ellos, a falta de otra cosa, se unieron a los republicanos en todos
los frentes. Su valor en la lucha se hizo legendario.
Pero se quedaron bastantes frente a
Oviedo, sitiando la guarnición hasta el último momento...